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Crónica del juglar.

Antonio J. Carmona

Fue la tercera vez que terminé como finalista del concurso de rey de los acordeones en Valledupar cuando me di cuenta de que debía cambiar de rumbo. No iba a ganar el galardón, no encajaba en las necesidades del festival. Abandoné y acepté la invitación del joven cantante Oscar, el jilguero de la urbe, que insistía en formar una agrupación comercial para satisfacer las necesidades del nuevo vallenato, el de las discotecas.

Con el jilguero llevé una vida disipada, de drogas y mujeres, la cocaína me provocó un infarto y sobreviví, pero el cardiólogo me advirtió: -perdiste la mitad de tu corazón, a otro infarto no sobrevivirás-; abandoné al jilguero y decidí cantar y tocar el acordeón al tiempo, como los viejos juglares. Entrenaba mi voz todos los días cuando fui invitado a un festival en Ciudad Bolívar de Bogotá a cantar el 9 de abril. Me recomendaron la canción El rico y el pobre.

Me presentaron como un ídolo nacional y con tanto alboroto decidí abrir con la ley del embudo, cuando entoné el verso, allá donde no llega el gobierno, allá es donde nace mi triste canción, descargaron la ráfaga de una ametralladora y el público enloqueció. Nunca había tenido tanto éxito. Me sentaron en la mesa de los organizadores, las caras me parecían conocidas, me invitaron a viajar con ellos al Caguán y tres días después estaba en una tarima enfrente a la cúpula de las FARC.

Un animador de la televisión, muy conocido, desaparecido de la farándula desde hacía varios años, me presentó como El juglar del pueblo y para ellos cante, El maestro pobre y los caminos de la vida. Me bajaron en hombros y el comandante me dijo que sabía que era soltero y que bien podía quedarme para componer el himno de la guerrilla y darles motivación a los jóvenes militantes. Me abrirían una cuenta en dólares y le enviarían una mesada a mi madre.  Todo iba acompañado de: «Usted no se puede ir de aquí». Me llevaron a un campamento donde una joven guerrillera me atendía.

Hice comprar cinco acordeones, inauguré una escuela infantil con gran éxito, un comandante me reprendió porque estaba provocando la deserción de los niños en los ejercicios militares, incorporé mujeres y fundé la primera agrupación vallenata femenina de la guerrilla. Era invitado cada vez que llegaba el alto mando y el número uno me preguntó si quería ser rey vallenato. Le expliqué que no había forma, que había sido finalista tres veces y no estaba dispuesto a otra desilusión. Me dijo con convicción, esta vez serás rey vallenato.

A las dos semanas trajeron un secuestrado al Caguán, al hijo de la presidente del festival vallenato, lo llevaron a mi campamento, me pidieron que le tocara los cuatro ritmos del festival, festejaron como si fuese la final, el retenido comía gallinas y bebía chirinche todos los días con los comandantes, al mes lo liberaron, gordo y peludo, en los medios no le creyeron mucho su martirio en cautiverio, ese año fui escogido rey vallenato merecido y aclamado.

Ser Rey vallenato implicaba una serie de compromisos nacionales e internacionales que no cumplí. No pude salir del país, me dijeron: venga, usted todavía tiene una deuda pendiente, termine el himno y se va; llevaba media estrofa.  Fui el único rey que declinó la travesía por Europa.

Mi vida en el sur del país se volvió monótona, ya no causaba tanto alboroto en las tarimas ni era tenido en cuenta en las celebraciones de los comandantes. Me retiraron mi acompañante en el campamento. Me volví invisible y por fin tuve tiempo para hacer unas melodías propias y terminar las estrofas del himno de la guerrilla.

La presentación en tarima del canto fue un acontecimiento popular, dentro del público, al fondo, una joven paisa me hipnotizaba y a ella canté, mi diosa adorada. Nos escapamos al campamento. Ella había sido incorporada meses antes a la guerrilla y era la nueva novia del comandante. Por ese amor fui llevado a un consejo de guerra, porque allané el bien ajeno. Fui encerrado y   condenado a fusilamiento.  Me aislaron y encadenaron con los secuestrados, pero el ejército nacional irrumpió al comando sur y nos rescató.

Salí de Colombia como asilado, en custodia y con protección especial, enviado al último destino en la frontera con Canadá. Ahora estoy esperando que se descongele la nieve y las conversaciones entre el gobierno y los insurgentes del país.

Cali, 10 de abril de 2026.

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