Antonio J. Carmona.
En una mañana sofocante, el profesor Jules London, me convenció de hacer una crónica sobre el demonio. Para eso debía descender al inframundo hasta el séptimo infierno. El camino comenzaba en el cementerio antiguo, pasando por el lago de la maldad en la barca de Carón que solo atravesaría si se le llevaba un tributo, ojos de bebé al vino, que conseguí en la morgue municipal. Al otro lado del lago me encontraría con Cerbero, el monstruo tricápita que me exigía un brebaje amargo que embriagase a sus tres cabezas de bestia. Solo entonces me dejó ingresar al castillo.
Dentro, el mismo diablo me haría entrar a la piscina de sangre hirviente, sitio de la entrevista. Era claro que no había aseguranza del regreso. Ellos podrían dejarme penando en el primer nivel infernal.
—Señor diablo, cómo prefiere que lo llame
— Lucifer.
—Cuénteme las circunstancias de su estadía terrenal y en el inframundo.
“En la tierra me llaman diablo o Satanás, pero mi nombre en las galaxias es Lucifer, el ángel luminoso. Jehová me creó a su gusto como el querubín más hermoso, inteligente y sabio. Mis problemas empezaron cuando él no entendió que un ser como yo necesitaba reconocimiento, poder y espacio para mandar. Una silla a su lado para recibir las alabanzas y serafines a quienes castigar.
—Lucifer, ¿qué hacía usted en el cielo?
—Trabajo de ángel, iluminar las galaxias, taponar los agujeros negros, dirigir el coro celestial; con mi oído absoluto y mi voz polifonal era inevitable que me nombraran director del coro celestial, pero los ángeles cantaban endiabladamente bien; impecables, sin una nota fuera de lugar y siempre es bueno para un director reprender. Todo tan pulcro se volvía monótono y aburrido.
Diablo, ¿qué opina usted de la belleza?
Es lo natural, soy bello, pero por eso no dejo de ser sabio, siempre estuve rodeado de seguidores. Pero en el cielo no hay orgullo, no hay amor propio; todo es sumisión, les hablé de que merecíamos más, que exigiéramos otros placeres, por lo menos, algunos esclavos a quienes condenar.
—¿Cómo fue su relación con Jehová?
Yo fui su máxima creación, pero tuvo el descaro de llamarme aparte, decirme que mi soberbia me estaba cegando, que mis pensamientos se alejaban de Él. La cosa explotó cuando nos explicó sus planes de humanizar la Tierra. De encarnarse en seres mortales a los que había que amar y perdonar. Me negué. Perdedores. Por eso reuní un ejército de fieles para enfrentarnos al Señor engreído de los cielos.
Lo único de los humanos que me llamó la atención fue el pecado. Me pareció un invento divertido; podría tener un potencial enorme.
Me tocó enfrentarme en batalla al arcángel Miguel y a su ejército. Las galaxias lanzaban truenos con cada choque; pero nos vencieron. Me quebraron las alas y me tiraron al vacío. Caímos en la tierra; se burlaron de nosotros y nos llamaron ángeles caídos. Perdí hasta mi nombre; Lucifer. Ahora me llaman diablo.
—¿Pero entiendo que es feliz en la tierra?
—Sí, lo mejor de la tierra es la multiplicación del pecado. Los humanos me han dado felicidad, porque les gusta todo lo que yo admiro, la corrupción, el orgullo, la soberbia y la vanidad.
—Se acabó el tiempo. Tronó Anubis, su guardaespaldas, con su cabeza de chacal y olor nauseabundo. El señor tiene que provocar una hambruna en Pakistán. Váyase. Me vendaron y me dejaron en el cementerio.

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