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La llamada.

Antonio J. Carmona.


El 10 de agosto, a las 7:39 a.m., en el suroccidente de Colombia, la tierra decidió protestar. Me senté en la cama y el suelo saltaba como en zancos antes de moverse en un oleaje desordenado que tumbó paredes y ventanas. Noventa segundos eternos. Cuando cesó, salí en chancletas por un hueco donde antes había una ventana, y encontré a los vecinos en la calle, medio desnudos y aturdidos.


Mi esposa y mis hijos estaban en Cali y Bogotá a salvo. El resto —mi madre, hermanos, suegros y cuñados— solo asustados. El chat de los laboratorios se encendió, no había pacientes ni empleados heridos. Solo Pereira con la única radiofarmacia que sintetizaba los medicamentos del cáncer en la región, en un edificio colapsado, en el piso.


Pero en la zona había catedrales y edificios caídos, se anunciaron cientos de muertos y miles de heridos. Se activaron las alarmas con la necesidad de médicos rescatistas y mi esposa e hija se sumaron a la ayuda. Cuatro días de cadáveres bajo placas de concreto, de bebés que salían con vida de milagro, de niños muertos junto a sus abuelos.


Conseguimos un local en una clínica nueva de Pereira, construida sobre amortiguadores, que había salido indemne. Reuní a los expertos con la misión urgente de llenar los formularios con las especificaciones técnicas para pedir el traslado y hacer operativa la radiofarmacia. Sabíamos que el trámite normal tomaría un año, pero era imposible esperar ese tiempo dadas las necesidades de la región.


Acudí a una emisora nacional. Me hicieron una entrevista que se emitió en todo el país; solicitaba la autorización para trasladar la radiofarmacia a un sitio seguro y confiable. Prometía tenerla operativa dentro de los próximos tres meses si el papeleo no nos mataba primero. Los periodistas se solidarizaron. Al día siguiente, mi asistente me avisó que alguien de la Procuraduría había llamado.


Devolví la llamada de inmediato. Un secretario de apellido italiano me pasó con el jefe de derechos humanos, quien vociferó con poder: «¿Dónde está? Vuele a Bogotá. Aquí estoy con la ministra, con la superintendente. Esto se soluciona ya». Espere un momento, me dijo enseguida, contradiciéndose a sí mismo. Llámeme en veinte minutos. Seguimos en reunión. Prepárese para viajar a Bogotá o a Pereira.—Seguro —dije—, estaré en cualquiera de las dos ciudades al final de la tarde.


Llamé a los veinte minutos. Cambio de planes, la reunión sería en tres horas, en Pereira, en el laboratorio colapsado, para que las cámaras nacionales pudieran ver bien la ruina del laboratorio, de paso, forzar la firma de todos los permisos necesarios. Le expliqué que los cálculos de blindaje aún no estaban listos. Su respuesta fue enérgica: «¿Cómo se le ocurre? Ustedes ya tenían la licencia, y la van a tener en el nuevo sitio». Los pacientes de cáncer no pueden esperar. Le daremos una orden de prioridad al jefe de seguridad nacional.


Nos veríamos en tres horas. Nos llamarían ellos, camino al aeropuerto. Y en efecto nos llamaron, veinte minutos después, con la noticia de que el nuevo gobierno no había asignado presupuesto, que no había tiquetes para la nueva administración; tal vez habría que posponer la reunión hasta el día siguiente, cuando consiguieran pasajes. Llámeme en media hora. Había una posibilidad: somos tres, dijo. Y alguien —nunca se aclaró quién ni con qué partida—consiguió los tiquetes. Por favor, autorice a una persona administrativa que hable con mi secretaria, me dijo. Nos vemos en el aeropuerto Matecaña.


Me acompañaban un físico, un químico, y la administradora general, una viuda bien cuidada, quien salió corriendo a cambiarse; la encontramos terminando de hacerse la permanente en la sala de belleza.


Entre risas nos contó que el delegado de derechos humanos era un sesentón soltero, célebre en cierto círculo como “buen partido”, y se había vestido para la ocasión con un escote que ninguna norma de bioseguridad sísmica contemplaba. El químico del equipo, académico y abiertamente gay, había optado por un pantalón ceñido y brillante y una camisa más de fiesta que de emergencia; con su desparpajo habitual, sentenció que el delegado tenía toda la pinta de jugar en su equipo y que, en todo caso, sería suyo. Yo usé mi corbatín de la suerte, el de las ocasiones serias, que, a pesar de su sobriedad, provoca siempre comentarios. El único bien vestido para la ocasión era el chofer.


Llegamos puntuales al aeropuerto Matecaña, donde ya esperaba el médico local, de traje formal reservado para bodas y funerales. Nos sentamos en una cafetería a medio reconstruir; el propio aeropuerto se había derrumbado y apenas la habían improvisado. Pedimos agua mineral mientras sonaban Los Tigres del Norte. El peinado recién armado de la administradora, endurecido con laca, resultó ser una trampa perfecta para las abejas locales; terminamos todos auxiliándola y
atrapamos siete abejas borrachas.


Pasaron noventa minutos. Los de Bogotá no llegaban. No contestaban. En los mostradores nos informaron, que no esperaban más vuelos ese día. Nadie explicó nada. Cuando por fin localizamos a nuestra asistente en Cali, nos aclaró que había transferido el equivalente a tres pasajes de primera clase a una cuenta de celular de la comitiva gubernamental.


Nos miramos sin decir nada. El médico local, poseído por la ranchera del fondo, saltó en unzapateo improvisado y rompió el silencio con una voz de tenor que no le conocíamos. El químico y yo seguimos por puro instinto, al son de Pedro Infante; la administradora, con voz de soprano impecable, remató la pieza con un falsete que hizo girar cabezas.


El público del aeropuerto se levantó a aplaudir. Nos habían estafado.

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