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Revertir el envejecimiento.

Antonio J. Carmona


En el año 1500 antes de Cristo, el rey Gilgamesh de Uruk, en Mesopotamia, horrorizado ante su propia vejez, viajó durante años en busca de una planta rejuvenecedora del fondo del mar. La hazaña inspiró un poema hallado en la biblioteca de Asurbanipal en la ciudad de Nínive, al norte de Irak.


En el siglo XVI, en Inglaterra, Isabel I prohibió los espejos y mandó colgar solo retratos pintados durante su adolescencia. Además, aparecía en público maquillada con la famosa máscara blanca de la juventud.


Y es que, durante siglos, el ser humano se ha resistido al envejecimiento natural y ha tenido que afrontarlo como algo inevitable; por ello, se han destinado fortunas privadas y corporativas para encontrar la cura contra lo que hoy algunos consideran que debería tratarse como una enfermedad, la vejez.


Si vemos fotos de nuestros abuelos a los sesenta años, eran ancianos comparados con las personas de hoy. La razón es la práctica rutinaria de ejercicios que acondicionan por igual el músculo, el corazón y el cerebro; también el conocimiento cada vez más extendido de que los azúcares, los alimentos ultra procesados, las frituras, el alcohol y el cigarrillo aceleran el envejecimiento.


El cerebro se rejuvenece cuando se cultivan rutinas que incrementan el placer mental —como escuchar música o aprender una nueva lengua— y su envejecimiento se frena al mantener bajo control la diabetes y la hipertensión arterial.


Si comparamos a personas de México y Japón de la misma edad, los japoneses suelen lucir más jóvenes. La explicación apunta a tres factores: consumen más alimentos ricos en antioxidantes — como el té verde— y pescados con ácidos grasos omega-3; mantienen una cultura de protección solar constante; y, además, el uso cotidiano de bloqueador y maquillaje reduce la exposición directa al sol.


El 14 de agosto de 2026 se publicó en Nature un estudio con 150.000 participantes que demuestra que la actividad física retrasa el envejecimiento de los ovarios y pospone la llegada de la menopausia. Por otro lado, la doctora Lena Brydon, de University College London, demostró que la ira y el estrés aumentan la liberación de cortisol y catecolaminas, hormonas que aceleran el desgaste cardíaco y elevan el riesgo de infarto.


En la última década, los avances en investigación médica han sido notables. Destacan, entre ellos, los trabajos del cirujano Shinya Yamanaka, ganador del Premio Nobel en 2012, y del biólogo Yoshinori Ohsumi, galardonado en 2016. Ambos japoneses, describieron los genes vinculados al envejecimiento y los mecanismos de autofagia celular.


El trabajo del médico Shinya Yamanaka demostró que la manipulación de cuatro genes específicos puede reprogramar el reloj biológico y revertir una célula adulta a un estado juvenil. En junio de 2026, David Sinclair de Harvard inyectó los factores del envejecimiento de Yamanaka en el ojo de pacientes con ceguera senil para revertir el envejecimiento de estos órganos; un procedimiento previamente exitoso en ratones.

Con el experimento de Yamanaka, los científicos opinan que todas las células pueden rejuvenecerse, incluyendo las neuronas cerebrales, lo que podría revertir la demencia por Alzheimer. Además, se podría tratar la falla cardíaca crónica, la insuficiencia renal y la cirrosis. Yoshinori Ohsumi ganó el Nobel en 2016 por su descubrimiento de que una célula puede activar mecanismos para auto eliminar partes viejas dentro de sí y limpiar acumulaciones metabólicas que la envejecen. Identificó quince genes implicados en este mecanismo, hoy objeto de manipulación mediante ingeniería genética y diversos agentes farmacológicos.


El trabajo de Oshumi tiene la ventaja de que puede ser reproducido con simple ayuno sin medicamentos, y es que los mecanismos de la autofagia celular comienzan alrededor de las 16 horas; alcanzan una magnitud considerable a las 48 horas y, hacia las 72 horas, se observa regeneración celular. Desde luego, ayunos de esta duración resultan casi inviables, pero pueden facilitarse mediante fármacos que reducen la sensación de hambre.


Pero ya se habían identificado otros moduladores como la metformina y la semaglutida, que reducen la glucosa sérica, mejoran la función de la insulina, optimizan el metabolismo global y ralentizan el reloj biológico alrededor de un 9%, lo que equivale a unos ocho años en una persona que llegue a los 90.


Otros fármacos que pueden ejercer un efecto indirecto son los antibióticos intraluminales intestinales, como la rifaximina, que no se absorben, reducen la flora perjudicial del intestino, que produce amoníaco y metano, y favorecen el crecimiento de bacterias buenas. El resultado es una disminución de sustancias tóxicas que podrían contribuir al desarrollo de trastornos mentales.


Se cree que con el arsenal médico vigente y cuando entren en la práctica médica los factores antienvejecimiento de Yamanaka y los de autofagia de Ohsumi, se podría alcanzar una reversión del reloj biológico de hasta veinte años. Por ello ya existen pruebas que diferencian la edad orgánica de la edad cronológica, lo que ayuda a evaluar los tratamientos.


Finalmente, conviene señalar que el tema tiene implicaciones políticas. Si la expectativa de vida se aumenta en veinte años, siguiendo la fórmula empírica del 67 /33 , sería necesario elevar la edad de jubilación en trece años.

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