Antonio J.Carmona.
Víctor y Héctor eran dos bellotas de roble oriundas de La Dorada, en el centro de Colombia. Eran aventureros y en una tarde calurosa, se tiraron al río entre juegos y risotadas. Querían probar fortuna en tierras costeras. El río Magdalena los llevó corriente abajo, pero los separó; Víctor entró al Cauca en las fauces de un gran bagre y Héctor siguió hasta el mar Atlántico, donde las corrientes lo llevaron al norte, a la Florida, a Brickell, en Miami.
Héctor llegó a la orilla, donde un cuervo lo tomó de almuerzo, lo trajo a un parquecillo cerca de la bahía y lo olvidó, dejándolo a merced del sol. La bellota que ya había germinado se aferró a la tierra, plantó raíces y creció en un santiamén.
Cuando apenas medía tres pies, los municipales lo censaron, lo alimentaron y le instalaron una manguera que lo abrevaba a diario. Recibía minerales y urea. Creció con gran velocidad. Practicó ejercicios de formación de briza y evitó la obesidad pese al exceso de nutrientes. Era un roble joven y feliz; en su sombra la temperatura era cinco grados inferior a la de la calle soleada.
Héctor abrigaba ardillas, nidos de sinsontes y cotorras de alas amarillas. Presumía de su fauna y, para mayor dicha, cada cierto tiempo se cubría de mariposas. Los jóvenes ejecutivos se sentaban en las bancas a sus pies, y él empezó a sentirse responsable del bienestar ajeno.
Ese año llegó el huracán Céline y arrancó de raíz a los eugenios, las cordias y los mangles que lo rodeaban. Se sintió solo y vulnerable. Pensó: ¿Qué habrá sido de mi hermano Víctor? ¿Habrá sobrevivido en el Cauca? ¿Lo habrá expulsado el bagre? ¿Habrá logrado crecer en algún bosque?
Esa tarde parecía triste; de pronto llegó una bandada de pequeños pitirres grises, más de cincuenta, que venían locuaces, festejando una batalla aérea con una gavilla de gavilanes de cola roja que quisieron almorzárselos. Los pitirres, guerreros y bulliciosos, les dieron la lucha; los encerraron en la bahía de Brickell y uno de los gavilanes cayó en picada en la playa. Los demás huyeron.
Los pitirres juguetearon en su copa, para contentar al roble que siempre vieron feliz y que hoy estaba triste. A Lino, el guía Pitirre, Héctor le comentó que era uno de dos hermanos y que Víctor, su gemelo, estaría en el Caribe, en las riberas del río Cauca, pero no sabía nada de él. Los pitirres rieron porque empezaría su migración en la mañana siguiente y esta era una tarea que motivaba la travesía. Le encontrarían a su hermano. Héctor les dio una esquirla de su pericarpio natal que Víctor reconocería de inmediato.
El viaje sufrió un duro revés en Cuba, lugar donde se perdieron los últimos cinco miembros del grupo. Los supervivientes continuaron por México, Honduras, Costa Rica y Panamá antes de subir a Castilletes e ingresar al continente. Avanzaron hasta Magangué y Pinillos, en el río Magdalena, y pronto encontraron la desembocadura del río Cauca. Al recorrerlo a contracorriente, los pitirres comenzaron a separarse, escudriñando con la mirada los afluentes y las lagunas del sistema fluvial hasta alcanzar su destino en el bosquecillo.
Víctor medía la mitad que Héctor y era más delgado; aunque eran gemelos, Víctor era escuálido frente al cuerpo fornido de su hermano. Los pitirres se posaron sobre él con suavidad y percibieron
su tristeza y su desinterés. El guía anunció que permanecerían dos días jugando y alimentándose en el bosquecillo para ganarse la voluntad de los árboles, pero Víctor era su verdadero objetivo.
Con los primeros rayos del sol, la alegría de Víctor era evidente. Lino, el guía, aprovechó su buen semblante para confesarle que traía un encargo de Héctor y mostró su pericarpio como prueba. Al verlo, Víctor rompió en un llanto de pura felicidad. El sauce llorón desplegó sus ramas; el totumo se acercó, ansioso por oír, y expuso sus flores repletas de néctar; el eucalipto se inclinó para brindar fenol de purga a los viajeros. Así, uniendo sus copas, todos se dispusieron a escuchar el relato de aquel hermano gemelo que, tanto tiempo atrás, había dejado a su vecino sumido en el desconsuelo.
Aquella temporada, las aves decidieron prolongar su estancia durante cinco meses tras concluir la migración. Víctor hundió más sus raíces, bebió agua en abundancia y brotaron tiernas flores que sirvieron a los nuevos amigos; además, se pobló de grillos y escarabajos que dejaba a la vista de los viajeros, quienes se deleitaban a diario con el banquete. Los pájaros carpinteros se unieron al agasajo perforando la corteza, de donde brotaba una savia dulce que servía de postre durante las tardes de algarabía que el bosquecillo disfrutaba.
En su viaje de regreso, las aves cargaban con una nueva misión; cada una llevaba el polen de las mejores flores de Víctor para entregárselo a Héctor, en recuerdo de su querido hermano. Al llegar a Belice, fueron emboscados por una pandilla de halcones costeros. La batalla resultó desigual y perecieron todos, excepto Lino, el pitirre guía, quien fue rescatado por unas tijeretas, enemigas declaradas de las rapaces. Tras ser cuidado como un polluelo, logró recuperarse al cabo de dos semanas. Así, una madrugada emprendió vuelo silencioso, cruzó Cuba y descansó en los Cayos antes de arribar al día siguiente a Miami.
Lino llegó a la bahía de Brickell al son de las sirenas matutinas. Se posó en la copa más alta de Héctor y lo acarició con las patas; su viejo amigo lo reconoció de inmediato. El ave le contó noticias de su hermano Víctor. En el pico cargaba el polen que Héctor, sin dudarlo, usó para fecundar las flores de su mejor racimo. Ese año, las bellotas nacieron como primas entre sí, y él las consintió hasta dejarlas al borde de la germinación.
Lino decidió quedarse entre sus ramas; sus alas viejas ya no soportarían otra travesía. Pero su presencia bastaba. Gracias a él, Héctor y Víctor sabían que el otro seguía vivo, y las bellotas crecían con una mezcla de ambas savias, como si la distancia entre los hermanos hubiera quedado suspendida en cada fruto.

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