Antonio J. Carmona
La ceiba se veía triste; todos ansiaban sus comentarios ácidos y subidos de tono. Empezó a florecer, pero cuando dio frutos, eran pequeños. Sauce le dijo a Guasimo: «Nuestra amiga no está bien; algo le sucede».
La Ceiba había estado hablando con unas Tangaras anunciadoras de verano, que llegaron a sus ramas esa temporada. Al parecer, se había tomado muy en serio las presunciones de sequía que las aves mencionaban.
Después de eso no hizo sino buscar en el horizonte golondrinas y vencejos. El Sauce le dijo: «No pierdas el tiempo con pájaros de iglesia; son chismosos». Pero la Ceiba les preguntó, y contestaron con una letanía de noticias catastróficas.
Con las brisas frías, la Ceiba perdió tres ramas gruesas que se marchitaron y se secaron, ante el estupor de todos. En el tronco le aparecieron manchas y perdió la corteza, dejándole unos cráteres que se poblaron de ardillas juguetonas, pero que le daban a la Ceiba la apariencia de una ballena con una herida mortal.
El Eucalipto se acercó al Sauce y al Guásimo para decirles: «Conozco este mal; de donde vengo hay muchos peligros y cuando los mayores se preocupan, se enferman y mueren de tristeza». Pierden las ramas y el tronco se ahueca. Al final, o se caen o se secan por completo; habrá que avisarles con tiempo a los familiares. Que vengan a visitarla antes de que muera.
—Esas ceibas son desunidas entre sí —remató el Guásimo.
Ceiba le contó a su amigo, el Sauce llorón, que anunciaban una gran sequía y que, además, venían fuertes vientos de cola de un huracán que azotaba las Antillas, y que, sin provisiones, todos morirían. Sauce le dijo: —Mira, tú y yo llevamos más de cien años en este bosquecillo y hemos sobrevivido a todo; hemos pasado por tanto que la muerte no nos traerá nada malo. Tú debes creer en el gran Baobab y en los buenos tiempos que siempre hay al otro lado, en nuestro cielo.
Ceiba le dijo que no quería morir aún, que su pequeña Ceibita se había ido río abajo con la primera gran inundación, y quién sabe si estaría viva.
—El asunto es existencial —le dijo Sauce a Eucalipto. —Vamos a tener que ayudarla entre todos.
No había caído el primer aguacero del final de la temporada seca y ceiba cerró su xilema, cortando el ascenso del agua hacia el tallo, y empezó a perder las pocas hojas que le quedaban. La corteza se desprendía a pedazos, ningún pájaro se posaba en sus ramas y hasta las ardillas abandonaron el nido.
Sauce convocó una reunión de urgencia en la que aceptaron que el asunto se les estaba saliendo de las ramas, que ceiba no tenía circulación y moriría. —Si queremos salvarla, tenemos que acudir a todos los amigos del bosquecillo.
Llamaron a los castores, quienes construyeron una represa por debajo de la ceiba, de modo que, en cualquier momento en que decidiera suspender su huelga de agua, la tuviese a su disposición.
Llegaron los topos y armadillos e hicieron perforaciones en el suelo que conectaban con la represa subterránea de los castores. El suelo bajo la ceiba dejó de ser seco y duro y se volvió húmedo y aireado, y aunque ella permanecía indiferente, sus raíces podían absorber agua y nutrientes cuando quisiera.
Eucalipto le dijo a Guásimo: —No la hemos perdido aún, sigue con vida, pero tiene cuatro ramas muertas y le están pesando; debemos alivianarla. Llamaron entonces a los carpinteros pico real; llegó solo uno, son solitarios, pero trabajan rápido; gastó seis jornadas en tumbar la primera rama muerta que cayó pesada y culpable al suelo.
—Va muy lento, necesita ayuda —dijo el Totumo—; llamó a las guacamayas y llegaron seis. Había que soportar la algarabía de aquellas aves bulliciosas para lograr la amputación rápida de las tres ramas muertas de la ceiba. Entre alaracas, las guacamayas derribaron dos ramas cercanas al copo mientras el carpintero pico real cercenaba su segunda rama y la ceiba descansó.
—Bueno, hemos hecho lo indicado —dijo Totumo.
—Sí, pero sigue medio muerta —dijo Sauce.
—¿Qué tal si le preparamos unos manjares para que se le endulce la tierra? —dijo el Guásimo. Y llamaron a unas vacas que depositaron la boñiga alrededor del tallo; se soltó la arena y le dio aroma y sabor.
Ceiba abrió los ojos, y todos se alegraron; brotaron dos nuevos cogollos, pero era nada ante semejante mole moribunda de madera y ramas medio secas. Sauce dijo: —hummmm, mi pobre amiga mejoró un poco para morir en paz. —No digas eso —replicó el chiminango—. Tenemos que darle alegrías, cántale algo que a ella le guste. Y Sauce Llorón entonó “La muerte de un gallero”, lo que todos censuraron y silenciaron. —Nada de muerte, no seas imprudente —dijo Totumo. Sauce entonó en versión vallenata “La ceiba de Villanueva”, que tararearon, y Totumo siguió con las maracas.
Las orquídeas que no se metían en nada dijeron: «Llamemos a las mariposas monarca que están en la otra orilla del río; ellas son amigas y pueden darle alegría». Y llegaron las mariposas en un desfile real, bailando alrededor de la Ceiba que sonrió un poco. Totumo expresó con júbilo: «¡Le gustan los bichos! Y le trajeron, en la noche, un ejército de luciérnagas que danzaron con disciplina marcial a su alrededor. El Sauce Llorón las acompañó con: «El rey», y remató con: «Me sacaron del Tenampa».
Eucalipto juró que ceiba estaba pletórica y que alcanzó a zarandearse un poco al ritmo de la ranchera. Pero faltaba algo más, por lo que llamaron a los caballos. Ellos, de dos en dos, abrazaron a la ceiba con el dorso y el abdomen, uno a cada lado, y completaron el abrazo moviéndose en círculos pegados a la gran barriga de la ceiba. Era un abrazo de cariño y alegría. ¡Un buen abrazo!
Y la ceiba despertó. — Bueno, ¿es que quieren emborracharme con estos caballos locos? Ya ha desfilado todo el zoológico local. —¡Qué! ¿No tienen brisa que hacer?
— La misma ceiba ácida y malhablada —dijo Sauce a todos, ocultando la gran alegría de ver a su amiga ya recuperada.

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